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The smell of the dead

The Smell of the Dead / La olor a muerto

the gothic mind Apr 01, 2021

THE SMELL OF THE DEAD

It still comes to mind, sometimes, when San Juan approaches, my mother saying "it smells like the dead again." And it is that, although the Municipal Cemetery of San Pedro in Badalona was far from our block of flats, as the summer was getting closer that peculiar smell began to arrive, sneaking through the entire house as an invisible entity.

I remember leaning out of my bedroom window and gazing towards the distance in a great effort to try to see the stacked blocks of niches forming part of the landscape like another building. In that morbid infantile search I thought that my eyes could reach the resting place of an uncle of mine who died while still young. I thought that the smell that arrived to us was his, and that he was coming to remind us that he once existed. Year after year, time seemed to stand still in that window or on the balcony of the terrace to remind me of the ethereal nature of the human being, while my mother verbalized her annoyance. After the complaints came the memories of the loved ones who had died before I was born, and I imagined how they would be now, lying on their cement beds, box upon box. My imagination flew in a cloud of memories that did not belong to me, and then came the black and white photos that my mother took from the furniture in the dining room and that somehow improved the presence of a Thanatos too stripped of humanity.

It is precisely this rejection towards the fetid remains of our dead, which sometimes breaks into our immortal routine, that makes us remember where we are really going, causing us an immense annoyance. We alienate those who once were part of our laughter, anecdotes, even gave us life, to the point of physically distancing them from our day to day, because their new state offends us. So we left the remains of our loved ones in mountains and remote areas of buildings like flats and leave them there abandoned in the open, one on top of the other forming corridors, or streets. On the few occasions that I went to the cemetery, I always found it the most horrifying and at the same time the most reassuring experience. One reads the tombstones, looks at the photos, barging in the stillness of the eternal sleep of others, for our own distraction when trying to recreate in our imagination their last breaths. And although this experience may have some macabre romanticism, it makes us put our own existence in perspective. This very peculiar way we have in Spain of burying our dead has its origins in the time of Carlos III who decided to move them from under the floors of churches to another place precisely because of the smell that spread throughout the premises.

When I think of these burials, not the cremations for which I would have to dedicate another entry, inevitably I always end up thinking about how different the treatment of the dead is in other parts of the world. This is for example the case of English burials. For most of the time I lived in England, I was amazed how the oldest cemeteries that looked like something out of a horror movie cohabited with the residences of the living, right next to the supermarket and in front of the secondary school. With beautiful large tombstones and statues, somewhat abandoned in some cases, with some pantheon in sight. And nevertheless, passing daily by the side of Tong cemetery in Bradford, dated in the 18th century, I never felt fear or uneasiness, on the contrary, it helped me connect with my Gothic side and my fascination with death. The same was true for me years later, when I began attending the 16th century church of Saint John the Baptist at Broughton in Preston for family Christmas Masses. Even without conserving the remains under the corresponding tombstones, its cemetery at the entrance brings up that fragrance of a past time full of stories surely already lost in the books of the registry of births and deaths.

Therefore, although my mother is always amazed at my reasoning and dialectics about the last stop on our final journey, there is something reassuring to know that the dead are under your feet as you stroll through the earthly world, and not massively stacked in eternal metal corridors, cement and marble.

 

LA OLOR A MUERTO

Aún me viene a la mente, a veces, cuando se acerca San Juan, mi madre diciendo “ya huele otra vez a muerto”.  Y es que aunque el cementerio Municipal de San Pedro de Badalona quedara lejos de nuestro bloque de pisos, cuando se acercaba el verano empezaba a llegar ese olor tan peculiar que se filtraba por toda la vivienda como una entidad invisible.

Recuerdo asomarme por la ventana de mi habitación y orientar mi mirada hacia la distancia en un gran esfuerzo por intentar ver los bloques de nichos apilados formando parte del paisaje como un edificio más. En esa búsqueda morbosa infantil pensaba que mi mirada llegaría a alcanzar el espacio de descanso de un tío mío que murió aun siendo joven. Pensaba que el olor que nos llegaba, era suya, y que venía a recordarnos que una vez existió. Año tras año, el tiempo parecía pararse en esa ventana o en el balcón de la terraza para recordarme de la etereidad del ser humano, mientras mi madre verbalizaba su molestia. Tras las quejas venían los recuerdos de los seres queridos que perdió cuando yo aún no había nacido y me imaginaba cómo estarían ahora, tumbados en sus lechos de cemento, caja sobre caja. Mi imaginación volaba para formar una nube de recuerdos que no me pertenecían y entonces venían las fotos en blanco y negro que sacaba mi madre del mueble del comedor y que de alguna manera mejoraban la presencia de un Thanatos demasiado despojado de humanidad.

Es precisamente ese rechazo hacia los restos fétidos de nuestros muertos, que a veces irrumpe en nuestra inmortal rutina, la que nos hace recordar a donde vamos realmente produciéndonos una inmensa molestia. Alienamos a aquellos que una vez formaron parte de nuestras risas, anécdotas, incluso nos dieron la vida, hasta el punto de alejarlos físicamente de nuestro día a día, porque su nuevo estado nos ofende. Así que abandonamos en montañas y zonas apartadas de las viviendas los restos de nuestros seres queridos y les dejamos allí aislados y a la intemperie, unos encima de otros formando pasillos, o calles. En las pocas ocasiones que fui, siempre me pereció la experiencia más espeluznante y a la vez más tranquilizadora. Uno lee las lápidas, mira las fotos, en una irrupción de la quietud del sueño eterno de otros, para nuestra distracción al intentar recrear en nuestra imaginación sus últimos alientos. Y aunque esta experiencia pueda tener algo de romanticismo macabro, nos hace poner en perspectiva nuestra propia existencia. Esta forma tan peculiar que tenemos en España de enterrar a nuestros muertos tiene sus orígenes en la época de Carlos III quien decidió mover a otro lugar a los muertos que se hallaban bajo los suelos de las iglesias precisamente por la olor que se extendía por todo el recinto.

Cuando pienso en estos enterramientos, no en las incineraciones de las cuales tendría que dedicar otra entrada, inevitablemente siempre acabo pensando en lo diferente que es el trato de los muertos en otras partes del mundo. Este es por ejemplo el caso de los entierros ingleses.  Durante la mayor parte del tiempo que viví en Inglaterra vi asombrada cómo los cementerios más antiguos que parecían salidos de una película de terror, cohabitaban con las residencias de los vivos, justo al lado del supermercado y en frente del instituto. Bellos en lápidas y estatuas de grandes dimensiones, algo abandonados en algunos casos, con algún panteón a la vista. Y sin embardo el pasar a diario por el lado del cementerio Tong del siglo XVIII en Bradford, nunca sentí temor, ni inquietud, al contrario me ayudaba a conectar con mi lado Gótico y mi fascinación por la muerte. Lo mismo me sucedería cuando años más tarde, empecé a asistir a la antigua iglesia de Saint John the Baptist de Broughton en Preston del siglo XVI, para las misas navideñas familiares. Aún sin conservar los restos bajo las lápidas correspondientes, su cementerio en la entrada nos trae esa fragancia de un tiempo pasado lleno de historias seguramente ya perdidas en los libros del registro de nacimientos y muertes.

Así pues, aunque mi madre siempre se asombre de mis razonamientos y dialéctica sobre la última parada de nuestro viaje final,  hay algo de tranquilizador saber que los muertos están bajo tus pies mientras paseas por el mundo terrenal, y no apilados de forma masificada en pasillos eternos de metal, cemento y mármol.

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